Poesía en Escena – 20 años

La poeta Amparo Osorio


Con el apoyo del Ministerio de Cultura –Programa Nacional de Concertación–,  y para celebrar los 20 años de poesía en escena (1993-2013), evento creado y mantenido vivamente por Mery Yolanda Sánchez, el próximo jueves 10 de octubre a las 6.30 pm., se realizará el conversatorio Formación de públicos para la poesía. Dicho acto en el que intervendrán como ponentes: Amparo Osorio y Julián Malatesta con la moderación de Mauricio Contreras Hernández, se llevará a cabo en la Sala Seki-Sano de la Corporación Colombiana de Teatro (Calle 12 No. 2-65)
Como continuación de esta efemérides, el viernes 11 a las 6.30 p.m., en el Auditorio de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (Calle 10 No. 3-16) se realizará la Apuesta poética de las nuevas generaciones,con lectura de Tania Ganitsky, Santiago Espinosa, Hellman Pardo, Camila Charry Noriega, Henry Alexander Gómez y Jorge Valbuena. Entrada libre.

Miguel Torres Pereira


Nacido en 1960 en Arjona (Bolívar - Colombia). Licenciado en Ciencias de la Educación, especialidad Biología y Química de la Universidad del Atlántico. Perteneció al taller literario Candil de la Universidad de Cartagena. Ganador del concurso de poesía Casa Silva en Cartagena, 1993. Premio de poesía “Jorge Luis Borges” (Universidad del Magdalena, 1995). Premio de poesía del Caribe Colombiano (Universidad del Magdalena, 1998). Primera mención Concurso Nacional “Gustavo Ibarra Merlano”, 2005. Autor del poemario De luna y piel en otro ámbito publicado por la Secretaría de Educación Distrital de Cartagena, 1996 y de Estación del instante (Común Presencia Editores, 2008). Cofundador del taller literario Encuentro con la Palabra. Aquí dos poemas inéditos enviados exclusivamente para Con-Fabulación.


EN EL FILO DEL ENIGMA

Se me antoja cantar el abandono
en la víspera del miedo
en el insoportable filo del enigma
Anunciar la primicia de un dolor legítimo
en la orilla furiosa del invierno
                                y su relámpago terrible
cuando clama un pedazo de noche
para su naufragio en el espejo
Descubrir el abrazo de infinito
en el último grito de mi sangre
su presagio en los límites
                                  clandestinos del exilio
Deshojar la perplejidad que canta
                                  el asombro de encontrarme negado
en la soledad esférica de la muerte
                                  en la impunidad brutal del olvido


PARA ABREVIAR ESTOS ABISMOS
           
La noche ensimismada
en su silencio unánime
acoge el vértigo
que traduce el lenguaje secreto de la zozobra

Coordenadas anónimas
de cada muerte que anticipa la caída
frente al vacío indescifrable
de espejos que devoran en su enigma
toda luz posible 

El asedio de una lágrima
en la pupila del miedo
me confirma esta nada que alojo
me niega este todo que grito

Somos silencios en la canción nómada
que confiesa sus raíces
                             en el duelo del pájaro
que llora al cadáver mutilado
que alguna vez hemos sido
                             en cada río recorriéndonos
con su grito terrible
                             en la trayectoria del relámpago
que enciende el pabilo de la noche  
                             en la última llovizna
que bebemos en las manos
para reinventar el vértigo
                             en cada puente colgado
que abrevia estos abismos
donde oficia el dolor de ser fugaces
en el último salto
                             en el único vacío. 

Cartas de los Lectores 298 - Oct. 7 de 2013

EL PREMIO NOBEL Y LA FARÁNDULA. Celebro el Premio Nobel de Medicina para tres grandes investigadores: James E. Rothman, Randy W. Schekman y Thomas C. Südhof, quienes descubrieron claves de la maquinaria que regula el tráfico vesicular al interior de las células: el enigma de cómo la célula organiza su sistema de transporte, legado importante para la humanidad. Bien por estos premios tan distantes de la farándula y tan pocas veces prostituidos, como sí ocurre tantas veces con el de Literatura y el de Paz. Bertha Carolina Fernández.
* * *
LA BÚSQUEDA INSACIABLE. Hermoso capítulo de la novela La búsqueda insaciable publicado en el número anterior. Le deseo toda la suerte al profesor Gómez en esa aventura narrativa. Armando Colmenares.
* * *
LA CIUDAD EL POETA.Al leer el artículo de Jorge Eliécer Ordóñez sobre el libro de crónicas de Carlos Fajardo, donde describe la aventura de recorrer países tras las huellas de escritores muertos, me queda la duda si el libro no pertenece al género del ensayo, aunque en la postmodernidad ya todos los géneros han sido quebrantados. Tengo mucho interés en leerlo pues me gustan los autores que él persigue en las ciudades y en la imaginación, como Teillier, Eliseo Diego, y especialmente José Alfredo Jiménez. Luis Alberto Vásquez.
* * *
EL POEMA DE FRANCISCO DE ASÍS. Confabulados, al leer el poema de Francisco de Asís Fernández, queda uno con la sensación de que el universo es una ilusión. Luis Noguera, Managua
* * *

LOS FAVORITOS PARA EL NOBEL DE LITERATURA. La Casa Inglesa Ladbrokes postula este 2013 al japonés Haruki Murakami como el gran favorito al galardón sueco. Autor de Bajo tierra, El elefante desaparece y Después del terremoto, va en las apuestas: 3-1, consolidándose como el favorito de este año, por encima de Joyce Carol Oates (6-1), el húngaro Peter Nádas (7-1), el poeta surcoreano Ko Un (10-1) y el gran poeta sirio-libanés Adonis: (14-1). En la lista de 11 candidatos también se encuentra Antonio Gamoneda, el excelso poeta español, que constituiría una sorpresa debido a que Vargas Llosa fue recientemente ganador y la Academia pocas veces repite idioma, y porque la poesía casi nunca resulta vencedora en ese certamen anual. Esperaremos hasta el jueves para saber el veredicto final. Lucía Pérez. 

La búsqueda insaciable - Presentación


El poeta Eduardo Gómez

Presentación de la novela de Eduardo Gómez

El jueves 3 de octubre a 6:30 pm, en la Biblioteca Los Fundadores del Gimnasio Moderno de Bogotá, se presentará la novela La búsqueda insaciable de Eduardo Gómez.
La presentación estará a cargo de Luis Carlos Muñoz, Federico Díaz-Granados y Gonzalo Márquez Cristo. Entrada libre.

La búsqueda insaciable es la primera novela de Eduardo Gómez, conocido hasta ahora en su larga trayectoria, como poeta, ensayista y profesor universitario. Pero precisamente por su carácter tardío, es una obra que abarca un amplio panorama, aunque su base es autobiográfica. Describe e interpreta el proceso de formación y de-formación de un poeta trasgresor y “maldito” que, en la Colombia de mediados del siglo XX, va profundizando en su rebeldía y en su desarraigo hasta acceder a la reflexión crítico-filosófica y a la novela.
Esa trayectoria se va ramificando y relacionando hasta involucrar a toda una generación, en sus diversos grupos de intelectuales, presuntos revolucionarios y escritores, teniendo por escenario acontecimientos como el asesinato de Gaitán, la masacre de estudiantes del 9 de junio de 1954, la posterior lucha estudiantil y la intensa vida cultural en Bogotá, en la década de los años cincuenta. Este último aspecto es predominante en La búsqueda insaciable, que sobresale respecto a la anterior novelística latinoamericana y norteamericana por pertenecer a la llamada “Bildungsroman” (novela de formación), en la que los conflictos de todo tipo alcanzan una acentuada complejidad cultural y una notable universalidad.


Eduardo Gómez nació en 1932 en Miraflores (Boyacá, Colombia). Durante sus estudios de Derecho en Bogotá, fue cofundador de la Federación de Estudiantes Colombianos (FEC), vanguardia en la lucha contra el gobierno de Rojas Pinilla. Estudió en Alemania literatura y dramaturgia durante seis años. Fue director de publicaciones en Colcultura. Desde hace más de tres décadas es profesor de literatura europea en la Universidad de los Andes. Dirigió la revista Texto y Contexto. Fue presidente de la Sociedad Goethe de Colombia. Ha publicado ocho libros de poesía: Restauración de la palabra, El continente de los muertos, Movimientos sinfónicos, El viajero innumerable, Historia baladesca de un poeta, Las claves secretas, Faro de luna y sol y La noche casi aurora; y cinco libros de ensayo: Ensayos de crítica interpretativa, Reflexiones y esbozos, Memorias críticas de un estudiante de humanidades en Alemania Socialista y Notas sobre el surgimiento del teatro moderno en Colombia. La editorial Libros de la Frontera de Barcelona, publicó en el año 2000 una compilación de su poesía, y la editorial Trafo de Berlín editó una antología bilingüe, titulada: Stadt im Fieber. Algunos de sus textos han sido vertidos al alemán, al inglés y al yugoslavo. En los últimos treinta años, ha dirigido numerosos programas de crítica literaria en medios culturales como la Radio Nacional y, actualmente, coordina Poesía en el tiempo en la emisora 106.9 de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.




LA BÚSQUEDA INSACIABLE(fragmento)
La rutina de sus días sin un futuro cierto (ahora que ya no se hacía ilusiones sobre sus fugaces pretensiones “revolucionarias” de otrora en el movimiento político universitario) la disponibilidad excesiva de tiempo libre que ese vacío había dejado, las restricciones de dinero y su condición dependiente de Elisa, su madre, que lo apremiaba para que “no desperdiciara su talento en la bohemia intelectual”, sino que lo hiciera “productivo”, así como la necesidad creciente de comprender su pasado para poder planear un futuro mejor, terminaron por afianzar a Randolph en su proyecto de escribir un relato autobiográfico. Su existencia actual ponía en evidencia (con mayor intensidad que las de quienes laboraban en profesiones útiles, definidas y circunscritas con claridad) un sentimiento de marginalidad, de vacío y de desconcierto cuando se planteaba preguntas sobre la finalidad de su vida. Se sentía sobrante, deambulando por los vericuetos de un mundo fantasmal, cuyo exceso de abstracción y sentimientos flotantes lo impulsaba, como reacción, a buscar compensaciones en la sensualidad desenfrenada, en la alternancia del vivo placer que le proporcionaban sus furtivos encuentros sexuales, a pesar de la depresión y el enervamiento que seguían como consecuencia.
Era un círculo vicioso y para comenzar a superarlo, sólo quedaba el intento de comprenderlo, de tratar de trascenderlo. Pero el anhelo de comprenderlo, casi exclusivamente mediante métodos conceptuales (como en última instancia, parecía ser el freudiano, tal como en forma rudimentaria lo conocía hasta ese momento) planteaba de entrada una contradicción, puesto que el comprender implica, ante todo, una sensibilidad crítica. Por el método freudiano ortodoxo, se podía entender pero no propiamente comprender; había una diferencia entre esos términos. Además, el relato que eventualmente escribiera, no sería, probablemente, digno de ser publicado (al menos, por ahora no era la intención primordial) pero tendría más posibilidades de cambiar su vida, concibiendo la escritura como una totalidad, en la que la sensibilidad debería aportar los criterios básicos para recuperar y trascender sus experiencias. Un análisis autocrítico como el que hacía Baldo en las notas del diario que le había prestado, era, no solo un poco aburrido de escribir, sino muy unilateral y, por eso mismo, tal vez bastante inocuo. Baldo escribía sobre sus debilidades y conflictos como si fuera posible señorear racionalmente sobre ellos. Esa posición, todavía le hacía el juego a la pretensión de que somos “culpables” en nuestras fallas, puesto que si se cree que las podemos dominar “racionalmente”, consecuentemente podemos “elegir” lo mejor. En cambio Randolph estaba llegando a la convicción de que hablar de culpabilidad es excederse en los términos porque para ser culpable se necesita poder elegir libremente su vida y eso sería cosa de los dioses, si existieran, pues en realidad, estamos determinados hasta el infinito. Su sexualidad viciosa y las derrotas que le había infligido a su voluntarismo y a sus intentos de disciplina, le habían descubierto, poco a poco, esa verdad que ahora le parecía evidente. Baldo podía creer (con el Sartre de El ser y la nada) que “elegimos” nuestra existencia y somos responsables de ella “hasta en el sueño” porque Baldo era un hombre casto que tenía un gran control sobre sus problemas y su única debilidad parecía ser la de beber diariamente algunas cervezas. Su vida estaba determinada por el mundo de los libros más enjundiosos de la cultura europea y desde esa altura no era posible intuir, con la hondura y la intensidad necesarias, los dramas de la pasión desenfrenada, ni emocionarse y desear con locura. Es verdad que sabía escuchar, que no juzgaba, en el sentido de condenar o absolver desde arriba con pretensiones de árbitro; sin embargo, aún en sus más afortunadas aproximaciones a una comprensión de los problemas de Randolph, se percibían todavía un trasfondo moralista y exigencias de cambio que aún privilegiaban ilusoriamente los propósitos especulativos de carácter voluntarista para superar un conflicto. Baldo era, en el pleno sentido de la palabra, un “intelectual”, y él mismo decía en sus notas autocríticas que esa posición “le había hecho mucho daño”.
Mientras rumiaba todos esos pensamientos, había llegado a su viejo apartamento. A través de la ventana se veían innumerables luces desperdigadas en la base de los cerros, ya sumidos en la oscuridad, y su centelleo daba en conjunto la impresión de un “cielo caído” (o, como también podía decir un poeta) de… miles de diamantes desparramados sobre el terciopelo negro de la noche. Como era ya su costumbre ante ese espectáculo, Randolph imaginó lo que pasaría debajo de esa espléndida cobertura. De noche esos barrios pobres desaparecían en la oscuridad para quien los contemplaba a distancia, y sólo era visible ese hormigueo resplandeciente, esa superficie deslumbrante, que incitaba a soñar con paisajes cósmicos y fantásticos laberintos, pero un leve esfuerzo reflexivo que se apoyara en un elemental conocimiento de los suburbios orientales de la ciudad (prendidos trabajosamente a las grandes lomas de los cerros) permitía imaginar una serie de escenas dramáticas en su realidad oculta. Muchos de los que vivían allí, se acostarían con hambre y exprimirían sus magros cuerpos en furiosos coitos, intentando olvidar la desolación de sus vidas. Otros, deambularían por calles empinadas (ocultando el revólver o el puñal bajo chaquetas desgastadas) rumbo a algún barrio elegante del norte, donde intentarían el atraco semanal que les proporcionaría comida durante algunos días. Habría por allí mujeres abnegadas en cocinas mugrientas, esperando a su hombre, algún obrero que ya estaría viajando hacia casa después de la larga jornada de ocho y hasta doce horas. ¿Y cómo serían las tabernas y los prostíbulos? Cavernosos, con putas feas, entre las que habría niñas de doce y catorce años (a veces iniciadas por sus propias madres); con camarotes estrechos en lugar de dormitorios y una gorda e implacable patrona, excesivamente maquillada, vigilando con disimulo para que los “chulos” no golpearan a sus pupilas o para que los clientes no se fueran sin pagar. No muy lejos (e incluso al lado) estaría la modesta iglesia colonial del barrio, que llevaría el nombre de algún santo o santa, y donde el sacristán estaría apagando los cirios que la devoción colocó al pie de la estatua de la virgen, o abriendo, bajo la mirada alerta del cura, la caja de las limosnas. Por allí también habría desplazados de la violencia política que azotaba la provincia; sobrevivientes de las miles de masacres, viviendo “arrimados” en casa de parientes o amigos (casi tan pobres como los campesinos que vinieron huyendo de las hordas de sicarios contratados por el gobierno). Después del asesinato de Gaitán, los poderes establecidos acabaron con la vida de (según decían los expertos) doscientas mil personas en sólo cinco años. Randolph recordó que el “camarada” Esquivel, cuando iba a la tertulia, solía acaparar la atención de los presentes rememorando los años inmediatamente anteriores (y “cuya pesadilla no había sido superada del todo sino tan solo aplazada por el actual gobierno de Rojas Pinilla”), al contar anécdotas espeluznantes y comentarlas con esa gravedad en la voz que conjuraba de antemano cualquier comentario frívolo o cualquier chiste inoportuno. Él había escuchado a un cura fanático, vociferando por los altoparlantes de la torre de la iglesia de su pueblo: “el peligro mayor para la salvación de este pueblo son esos liberales, engendros del demonio”; y ese mismo cura había ayudado a los “chulavitas” a reclutar jóvenes peones de las veredas conservadoras para que engrosaran las huestes expertas en masacrar a quienes consideraban militantes de la “oposición comunista”. Eran los mismos que antes de matar gritaban: “¡Viva Cristo Rey!”. Luego, Esquivel había descrito los comienzos de la “última racha de violencia, y digo última porque desde el principio este país ha sido violento”. Esa violencia había comenzado cuando el relativo desarrollo que el país había alcanzado en los cuatro primeros gobiernos liberales, fortaleció un poco la clase trabajadora, enriqueció más a la oligarquía e hizo avanzar la educación, poniéndola mucho más al alcance de sectores campesinos y de la clase media baja. Por ejemplo, la refundación de la Universidad Nacional por López Pumarejo, creó un amplio sector intelectual y profesional surgido de las clases bajas, modernizando de manera notable la cultura del país. Eso, a su vez, inició en los dos partidos tradicionales una concientización social más concreta. Antes, los partidos estaban constituidos verticalmente, porque la ilusión de que “todos somos iguales ante la ley”, todavía sugestionaba a las masas; pero con el enriquecimiento excesivo, el acaparamiento y la mayor conciencia político-social, mediante la educación, los partidos políticos comenzaron a dividirse por dentro en función de los poderes reales que están determinados por la situación económica y sus consecuencias. Llegado a ese punto —recordó Randolph— Esquivel se desconcertó un poco y apenas logró explicar con dificultad, y apelando aún más a la jerga consagrada, que esa relativa, y todavía lenta, clarificación social de los partidos tradicionales “agudizó la lucha de clases” y, por tanto, la violencia…

A Randolph le bastó volver a mirar otra vez ese enigmático y distante mar de luces para regresar de su reminiscente abstracción: ¿cómo relacionar la salvaje desesperación que adivinaba allá detrás de esa dorada cobertura, con esos esquemas (seguramente útiles y verdaderos en principio pero solo para empezar a vislumbrar aquel inmenso drama) con las vivencias de millones de personas, de individuos, cada uno inmerso en su impotencia, o en la ilusión de su potencia, emitiendo señales que piden socorro sin ser cabalmente comprendidas porque todos las emiten simultáneamente y porque casi todos quieren ser ayudados en primer lugar? Es muy difícil que en esa caótica lucha por sobrevivir, esos millones de rezagados logren organizar, al menos en forma mínima, sus urgentes y elementales deseos y necesidades (cuya satisfacción es, a corto plazo, de vida o muerte) para comenzar a entrever una salida colectiva del ghetto. “El desafío está en poder trasmutar en sensibilidad crítica y actuante todos esos escuálidos criterios de la sociología. Claro que son ciertos pero todavía demasiado generales. Son como un esqueleto sin carne y sangre. Eso es… La vida es un misterio hecho cuerpo vivo y cambiante. En cada cual, el mismo y distinto misterio a la vez; y en cada cual la pulsión de dominar al otro, aunque, al mismo tiempo pidiéndole socorro”. Con toda razón, Baldomero había intervenido para calificar la exposición de Esquivel como cierta, esquemáticamente hablando, pero en la que predominaba el intento de reducir “a un ajedrez previsible íntegramente por la razón, lo que en realidad es un mundo de contradicciones que, por principio, nos sobrepasan y en alguna medida nos sobrepasarán siempre”; y agregó una sentencia, un tanto enigmática, de Sartre: “La existencia es anterior a la esencia”. Porque es imposible delimitar, con verosimilitud suficiente, las clases sociales, sobre todo en aquellos sectores muy ignorates e instintivos o muy ilustrados y más humanos, porque sus móviles y sus reacciones son mucho más impredecibles. Fue entonces, cuando Randolph planteó, a propósito de un ejemplo que se le ocurrió, una pregunta que terminó de desconcertar a Esquivel: ¿cómo explicaría la ortodoxa sociología marxista, la súbita decisión de un empleado de la banca francesa como fue Gaugin, que resuelve dejar su mundo parisiense para sumergirse en el trópico azaroso de las islas del pacífico y dedicarse a pintar entre seres primitivos y misérrimos? ¿Cómo se explicaría la vivencia de ese cambio realizado contra sus intereses de clase, contra la tradición heredada como francés y europeo (incluida la tradición artística) y que lo impulsó a dejar mujeres hermosas y refinadas (su esposa sueca en primer lugar, a la que mucho amaba) y sus hijos, para cohabitar con mujeres primitivas y muy morenas, que podrían parecer bellas pero desde una sensibilidad radicalmente diferente, que suponía haber tenido una infancia opuesta a la de un europeo? Ese cambio de personalidad requería una “descripción fenomenológica que lograra explicar y comprender la formación de una sexualidad atípica en relación con el surgimiento de una rebeldía cuestionadora de valores establecidos (incluidos los estéticos)”, dijo Baldomero con meditada precisión. El marxismo clásico (y mucho menos el sectario y ortodoxo) no tenía criterios suficientemente penetrantes y sutiles para recrear ese proceso en su integridad, mediante hipótesis verosímiles. Y aunque había que reconocer que el marxismo era único para aportar criterios decisivos que permitieran comprender el contexto, la estructura social y política, determinantes de un proceso existencial en cualquier sujeto, también era cierto que para la descripción de la singularidad matizada del proceso y su raigambre inconsciente, el marxismo (incluido el clásico) necesitaba ser enriquecido con el psicoanálisis y el existencialismo sartreano, había concluido Baldomero, después de una larga exposición que causó impresión en el pequeño círculo de oyentes. “Se está entrenando con nosotros como futuro profesor. Captó virajes de Sartre hacia el marxismo. Las lecturas dominicales en grupo, de Le Temps Moderne en su apartamento”. Y Randolph vio por un momento la escena, cuando Baldo invitaba a dos o tres de sus amigos más próximos a escuchar la traducción de densos ensayos de Sartre, aparecidos en el último número de su revista, que después los oyentes comentaban. Con la fusión de descripción fenomenológica y literatura, que había logrado Sartre, era posible descubrir las posibilidades trascendentes hasta de las experiencias más cotidianas. La obra literaria sartreana mostraba que si se sabían hacer las necesarias mediaciones y asociaciones, toda vivencia era susceptible de ser recreada de tal manera que desembocara en aperturas trascendentes. No se necesitaban experiencias especialmente importantes o “históricas” para lograrlo; bastaba ahondar en cualquier experiencia hasta tocar fondo en una “situación límite”, que, en sus contradicciones y en su autenticidad, pusiera en evidencia un conflicto insoslayable que no permitiera fugas ideológicas, ni consuelos, ni paliativos. Esa capacidad de mediación entre las vivencias más cotidianas y su comprensión, había sido clave en la consolidación de la amistad entre Baldo y Randolph, y era la explicación más elemental de la creciente popularidad de Baldomero entre muchos intelectuales jóvenes. Había que partir de lo vivido (en tanto más secreto, mejor) y “poner entre paréntesis” el saber aprendido de padres “modelos” pero despóticos, madres “abnegadas” pero ignorantes y cómplices, curas y maestros cristianamente castradores y “patrióticos”; había que desconfiar, por principio, de la sensatez y de la capacidad de adaptación (que, con frecuencia, no era sino capacidad de abyección) del hombre “práctico”.

La Ciudad del Poeta


La Ciudad del poeta,libro de crónicas de Carlos Fajardo Fajardo, acaba de ser publicado por la Colección los Conjurados. El libro es un periplo poético por casi 20 ciudades reales, soñadas, mitificadas y reinventadas, como un homenaje a los poetas –y a las ciudades– donde ellos escribieron, vivieron, amaron y que  el autor ha recorrido buscando sus huellas secretas. La presente es una reseña sobre el libro en mención.


Por Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz

La palabra crónica -para los amantes de la etimología, como Borges y otros hermeneutas- proviene de griego, khronos, tiempo, es decir que se trata de una historia que sigue el orden de los tiempos. Pero, ¿cuál orden, el lineal, que utiliza los dígitos del calendario o discurre en las manecillas del reloj, en forma convencional, o el otro, el de las anacronías que, como en el sueño, apunta más bien a un desorden, suerte de entropía que permite relativizar, entreverar, el pasado, presente y futuro del devenir cósmico y humano? 
Una crónica en sentido literal apuntaría al primer interrogante, en tanto que un cuento, un poema, un monólogo interior, con fuerte fluir de conciencia, estarían más cercanos al territorio del desorden ordenado, para diferenciar las audacias de la creatividad -desviación de la norma, entrecruce de géneros- del simple disparate.
El libro que ahora discurre por mis ojos y mi entendimiento, si bien tiene el rótulo genérico de crónica, pertenece más bien a ese ejido gitano de las prosas apátridas -aporte de Julio Ramón Ribeyro-, es decir, un tejido (texto) construido con diversas formas, tonos, ritmos, cadencias y estilos, de los llamados géneros discursivos, visión más amplia y abarcadora que la tradicional de géneros literarios.
La Ciudad del Poeta es un periplo por ciudades reales, soñadas, mitificadas, sufridas y reinventadas por un emisor poético –alter ego del autor real- y uno, a veces varios, interlocutores, poetas y artistas que le hacen la segunda a la voz primordial, con aportes de sus textos, evocados oportunamente por el poeta vigía. Al recorrer el libro, con apacible fruición, a veces trastornada, evoqué Midnigth in Paris, esa hermosa fantasía de Woody Allen cuando recrea, no, mejor recuerda (volver a pasar por el corazón) a la Ciudad Luz que vio desfilar por sus calles y puentes, bulevares y galerías, bares y encrucijadas, a los hombres y mujeres que construyeron Las Vanguardias, tan gratas a nuestros imaginarios estéticos e ideológicos.
En La Ciudad del Poeta la artesanía textual funciona creando la ilusión del encuentro, cara a cara, entre Carlos Fajardo y el poeta o artista, que de alguna manera se ha convertido en ícono de la ciudad caminada y homenajeada. Toda lectura que devuelve la página es un homenaje, un querer pisar las huellas que plasmó el artista.
Dos logros, entre otros, destaco en La Ciudad del Poeta. El primero consiste en recordar, desde el poema mismo, a una figura emblemática de la ciudad, sin caer en la tentación de escoger al ungido por todos: no la Santiago de Neruda, sino la de Jorge Teillier, no la Lima de Vallejo, sino la de Oquendo de Amat, no la Habana de Lezama Lima, sino la de Eliseo Diego, no la Montevideo de Onetti, sino la de Lautremont, no la México de Octavio Paz, sino la de ese juglar que se puso en bandolera los amores y desamores del mestizoamericano, macho y sensible a la vez: José Alfredo Jiménez.
La segunda virtud reside en esa especie de estética de la recepción que convoca diferentes autores y estilos, diversos momentos históricos y sociales, variadas subjetividades, en un diálogo sostenido y matizado desde la Poesía, en sus múltiples vertientes y manifestaciones. El verosímil se hace tangible porque cuando un lector entra al universo de un poeta, a despecho del tiempo y de la muerte, no hace otra cosa que levantar con él un puente dialógico.
En mi ya larga romería por los signos y los símbolos, siento que Homero, desde Ítaca o desde Esparta me confiesa sus desvelos por Aquiles, su paciencia con Ulises, su consideración por el duelo de Néstor, ante el cadáver degradado de Héctor, en torno a la muralla. De igual manera, Kafka, a media voz me relata la génesis de Gregorio Samsa, su peregrinar de humano a insecto, cuando frente a un espejo velado nos asombra el propio rostro y los miembros, damnificados por una guerra o un atroz desengaño. Tu historia es lo que sueñas, ha dicho el poeta Quessep, vale decir, lo que lees, lo que imaginas, lo que dialogas, con otro ser humano que se atrevió a cifrar en “humanas, míseras palabras”, un retazo de vida que se parece a la tuya, en una ciudad, cuyo puente, ermita o árbol talado, te devuelven la tuya, con sus infiernos y sus paraísos. 
Insisto, leer es dialogar, sentarse en la misma mesa, paladear las mismas angustias, esperar los mismos trenes, descifrar idénticos exilios que luego deletreó cada uno de nuestros poetas amados. La memoria fue un género literario desde antes de que naciera las escritura, ha dicho Eugenio Montale; bien lo supo Tiresias, en su diáfano oráculo, así lo padeció Funes, antes de perderse en su laberinto de cifras.   
Libro para viajeros, curiosos de la palabra y sus epopeyas cotidianas, no para turistas o coleccionistas de postales y videos. Sólo se precisa un poco de fe, una espera vehemente para que al sonar el gong de la medianoche, te recoja una cuadriga de caballos blancos y te lleve, hechizado, por esas callecitas de Buenos Aires, que cifró el bandoneón de Piazzola, o por la rúa Augusta para que Fernando Pessoa, o alguno de sus múltiples dialogantes-heterónimos- te recuerde algún pasaje del Desasosiego, o bien para que Joan Manuel Serrat desde su playa de infancia te recupere a esa mujer perfumadita de brea y te vayas con ella, caminando por las playas del mundo, desde Juanchaco hasta Ipanema, mientras le confiesas al oído que la belleza es fundamental. En la orilla, un guiño de Vinicius de Moraes te hará sonreír frente a la ola o frente a la página.

Cinco siglos de un océano no tan Pacífico avistado por Núñez de Balboa


Por Consuelo Triviño Anzola*

Si el descubrimiento de América por Cristóbal Colón fue uno de los acontecimientos más grandiosos de la historia de la humanidad, no lo fue menos el descubrimiento del Pacífico por Vasco Núñez de Balboa el 25 de septiembre de 1513. Con tan inesperado hallazgo se completaba el mapa del mundo, que ya habían trazado los navegantes en sus temerarias incursiones. Se trataba del mayor océano de la tierra, nada menos que la tercera parte de su superficie. Debemos la hazaña a la astucia de Balboa, quien se colaría en la expedición de Martín Fernández de Enciso oculto en un barril. Con sus tretas llegó al primer asentamiento español en Tierra Firme, Santa María la Antigua del Darién, en la actual Panamá. Su buena estrella lo salvó de ser arrojado al mar, cuando divisaron la embarcación de Pizarro que procedía de la colonia de San Sebastián, a donde Enciso se dirigía. Pizarro y sus hombres, vencidos por la naturaleza, habían tenido que esperar a que murieran los compañeros para encontrar sitio en el barco. Temeroso de su suerte, Enciso decidió regresar a la Española, pero Balboa no quería volver al lugar de donde escapó y lo convenció para que se desviaran hacia un paraíso llamado Darién bañado por ríos que contenían oro en abundancia y donde los indígenas se mostraban muy amables.
Pero la promesa del oro enloqueció a los españoles y los indios atemorizados intentaron aplacar su sed hablándole a Balboa de un mar a donde iban a desembocar los ríos cargados del precioso metal
Allí Balboa se hizo con el poder enfrentándose a Enciso, que huyó para salvar la vida. Luego a Diego de Nicuesa, a quien el rey mandó a poner orden y que se ahogó en el viaje de vuelta a España. Balboa, convertido en gobernador de Panamá y Coiba, se alió con Pizarro para reducir a los indios, aniquilando a los que se interponían en su travesía. Uno de los vencidos, el cacique Careta, pactó con él y le ofreció a su hija Anayansi en matrimonio. Pero la promesa del oro enloqueció a los españoles y los indios atemorizados intentaron aplacar su sed hablándole a Balboa de un mar a donde iban a desembocar los ríos cargados del precioso metal. Acompañado por 190 soldados y una jauría de perros que descuartizaron a los derrotados —empañando con ello su gloria—, Balboa alcanzó el hermoso valle Cuarecuá donde se levantaba la sierra tras la cual se ocultaba el mar desconocido.
Consciente del privilegio de ser el primer europeo en divisar tal maravilla, el héroe rebelde, el bandido Balboa, subió solo con su perro Leoncico, el verdadero “adelantado” según el cronista, a contemplar las aguas del que designaría mar del Sur —hasta que Magallanes, que no padeció sus violentas sacudidas, lo bautizó como Pacífico—. Pero la gloria le duró poco a Balboa que sería traicionado y ejecutado en 1519.
El impacto de este descubrimiento cambió el curso de la historia y el Pacífico empezó a llenarse de barcos españoles que llegaron hasta las Filipinas, uniendo a Acapulco con Manila. Tan apasionante episodio encendió la imaginación de los cronistas, desde Gonzalo Fernández de Oviedo, que dio fe de tales hechos, hasta el colombiano William Ospina quien en las vívidas descripciones de El país de la canela(2008) evoca la sangrienta expedición de Pedrarias por aquellas inquietantes orillas.
La literatura es rica en narraciones que refieren el acontecimiento, además de las canónicas biografías del “adelantado” y los ensayos del colombiano Germán Arciniegas, quien sin duda leyó la vibrante narración de Stefan Zweig: Huida hacia la inmortalidad,dedicada a Balboa y recogida en Momentos estelares de la historia de la humanidad (1927), que inspiró a posteriores novelistas. En Colombia se adelantó a las efemérides pacíficas el escritor caleño Fabio Martínez con una novela: Balboa, el polizón del Pacífico (2007), que recomiendo vivamente porque supera la victimización de los indígenas, a quienes asigna un importante protagonismo, como a Anayansi, esposa de Balboa, traductora y traidora. No falta el humor en el relato de este brutal encuentro marcado, más que por el realismo mágico, por el absurdo que rompe los esquemas. Si bien el conquistador español, fatigado y sediento de riqueza, pisoteó pueblos y culturas, a los sometidos, no les faltó la proverbial malicia ni la sabiduría para calar la feroz codicia del enemigo, sorteando el miedo, salvaguardando con sus estrategias la esperanza y la capacidad de soñar, de las que dependía su supervivencia; porque, como dice Fabio Martínez en el último capítulo de su relato, “en medio de la ambición, la crueldad y la sangre, nació una nueva civilización”.


*Narradora y ensayista colombiana

Confesiones de mi ángel


Poema del escritor Francisco de Asís Fernández, Director del Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua

Por Francisco De Asís Fernández

Al poeta Ernesto Cardenal
                                 
Los  ángeles se meten en mi pecho y me despiertan de la muerte.
me abren la vida con los pétalos de sus rosas y sus dedos.
No son ángeles tímidos que solo ofrecen la misericordia de la muerte,
son ángeles  primitivos, refinados y toscos,
que tienen la belleza del relámpago y la soledad de la locura.
Ángeles y demonios luchan dentro de mí para quedarse con mi alma.
Sueño y pesadilla me alteran el sentido de la vida.
Injertos  adueñándose en la profundidad de las heridas
del  tejido cerrado de la hoja en blanco de los sueños.
Me hacen la vida imposible
esas manos que salen de la nada en un mundo que se abre al abismo
y escriben mis poemas cuando entran y forman parte de mi alma.
Estos ángeles, adictos a la albahaca,
me hacen buscar el paraíso sin ponerme ideas de lo que es el paraíso,
esconden la verdad cuando hablan del paraíso,
 cuando hablan del alma del hombre en la tierra,
y cuando oprimen la verdad me aferran a la rabia.
Los hombres, a diferencia de los ángeles,  nacemos criaturas salvajes enfermas
y  los enfermos siempre morimos sin conocer el misterio de la muerte.
Dice mi ángel que por  eso hablamos de miedos que sugieren locuras
y    comprende que vivamos marcados por las equivocaciones.
Mi ángel calla cuando digo: “a veces estoy triste pero no quiero morirme”
o   cuando pienso que no quiero morirme rodeado de extraños.
Así las cosas, mi ángel no sufre penurias en mi alma, que es íntima y melancólica.
Le  hago  muchas  preguntas y no siempre espero respuestas.
Pero hoy me hizo una confesión que me hizo perder la fe en el hombre.
Me dijo que los ángeles no tienen tierra nativa y que su casa es el infinito,
que la tierra es la punta de una aguja en un inmenso pajar de estrellas,
que el Sol es como un grano de arena comparado con Sirio, Pollux, Arturo,
Rigel, Aldebarán, Betelgeuse, y la inmensidad inconmensurable de Antares,
que  nuestro mundo no cuenta ni sirve para nada en la noche estrellada,
que el hombre no es el dueño de la creación ni el centro del universo,
que somos como una letra menuda perdida en la Biblioteca de Alejandría,
que nuestros mares, cordilleras y continentes, los países y estados,
junto al amor y el odio que nos tenemos los seis mil millones de hombres y mujeres,
no significan nada en el Universo,
que solo somos quinientos cuarenta millones de kilómetros cuadrados,
seis mil cuatrillones de toneladas de roca,
mil trillones de toneladas de agua,
y que ni siquiera nos podemos distinguir desde los anillos de Saturno.
Me dijo que estamos solos, terriblemente solos dentro de nuestra soledad,
que  somos un imperceptible puntito azul en el cielo,
que todas nuestras guerras, nuestras grandezas y nuestras miserias,
 nuestra Historia, nuestro  arte, nuestra poesía, nuestras pasiones,
nuestra flora y nuestra fauna, nuestras razas y nuestras religiones,
estamos en  un barco a la deriva que nadie vio partir y nadie lo está esperando.
Y ahora  ya solo quiero rezar:
“ángel mío de mi guarda, dulce y fiel compañía,
no me desampares, ni de noche ni de día”.

Cartas de los Lectores No. 297 - Sep. 30 de 2013

CARTA A LOS ORGANIZADORES DE CONCURSOS. Escribo este mensaje abierto con el propósito de que los enceguecidos gestores de concursos puedan advertir las dificultades que imponen los servicios de Correos Internacionales para los escritores que desean hacer llegar sus obras a otros países, con el sueño idiota de ganar un premio que tantas veces ya ha sido pactado por las grandes editoriales. Fuera de que los costos son muy altos, como es sabido, ahora exigen factura de compra, lo cual es estúpido pues uno tan solo envía tres copias de sus libros inéditos. Además de eso es necesario pagar un segurodel paquete enviado, lo cual exige que los organizadores deban cancelar en el país de destino los costos de nacionalización de los libros, lo que como es obvio nunca lo harán. En otras palabras, las trabas impuestas por los correos eliminarán los Concursos Internacionales, a menos que estos eventos anacrónicos se modernicen, y en favor de la inclusión, de la democracia y de la ecología (ahorrar papel), se puedan enviar las obras en formato electrónico. Espero que alguien me escuche. Armando Colmenares, escritor colombiano
* * *
EL PARAÍSO EN EL INFIERNO. Corroborando lo dicho por Chalarca, es una ironía sarcástica que en donde fuera el paraíso antes de la caída, de nuestra expulsión "original" por ser felices (Tigris y Éufrates) habite ahora el infierno. La inocencia nunca será tolerada, nosotros tan deseosos de historia. Y lo es también, precisamente, en Israel (tierra santa) en donde los "puros", los "santos", viven en permanente guerra. Los dionisíacos hacemos muchísimo menos daño, se los garantizo. Las armas químicas hicieron su aparición en la Primera Guerra Mundial haciendo de la estrategia de las trincheras, su propia tumba para los atrincherados. Pero su incremento, crueldad, bajeza y sofisticación, fueron maximizadas por las dos super-potencias de la Guerra Fría: EE.UU y Rusia. Resulta risible que, precisamente, los dos creadores del "Frankestein" digan con total cinismo que "un monstruo anda suelto" y que ellos son los "salvadores". Pero esa estrategia es ya muy vieja y hace parte de los grandes laboratorios químicos farmacéuticos, esto es, crear la enfermedad para luego ofrecer el remedio. La jugada rusa diplomática fue muy astuta y los pone ante la comunidad internacional mejor parados que a los gringos. Pero sabemos que con o sin comunidad internacional los yankies van a atacar con fuego para apagar lo químico, así se demuestre diez años después, como en Irak, que todo era un vil montaje. Y eso que Obama es el "Premio Nobel de la Paz". Juan Carlos Arboleda
* * *
SIRIA Y EL MEDIO ORIENTE.Leyendo las reflexiones de José Chalarca, bastante lúcidas y acertadas, nos queda el preocupante sabor amargo de sus propias palabras, en el sentido exacto de que en realidad no hemos podido superar el estadio primitivo del hombre de las cavernas, y al parecer, cada vez estamos más lejos de lograrlo. María Antonia Bonilla Lara.
* * *
ADIOS A MUTIS.Hace quince días leí en su periódico la grata entrevista que realizaron a este gigante de las letras universales y ahora leo en su periódico el poema Amén, donde Álvaro Mutis hace casi una premonición en el sentido de lo que fue su vida y su literatura. Colombia debe rendir un gran homenaje a este escritor que nos ha dejado un maravilloso legado y que junto a Gabo han engrandecido nuestras letras. Victorino James.
* * *

LIBRO DE ALFREDO FRESSIA.Me gustaría que me orienten dónde puedo conseguir un libro del poeta uruguayo Fressia, pues he buscado en diversas librerías y no consigo nada. David Arias

Un minuto de palabras por Álvaro Mutis


Hace tres semanas Con-Fabulación reprodujo la entrevista “Los sueños intactos” realizada por la revista Común Presencia en Madrid (noviembre de 1991), para celebrar los noventa años del Gaviero. Hoy publicamos uno de sus más evocados poemas, sospechando que la muerte, según sus bellas palabras, lo acogió el pasado 23 de septiembre, con sus sueños intactos.


AMEN


Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

Encuentro con la poeta Amparo Osorio



INTEMPERIE

Por A.O.

Lluvia:
unge mi piel
lava mis ojos.
Se abre mi noche
para ti.
Mi enrancia.
Mi infinito extravío
me persigue.
¿Qué voces
de qué cielos
me traes?
¿Qué dios
llora
y no escucho?

En la Biblioteca Pública El Tunal de Bogotá, se realizará el encuentro con la poeta Amparo Osorio, autora de Migración de la ceniza, Memoria absuelta y Territorio de máscaras, entre otros libros, quien leerá algunos de sus textos y dialogará con los asistentes al evento, sobre su obra poética y periodística. Entrada libre.
Miércoles 25 de Septiembre de 2013, a las 5:00 p.m.
Sala de literatura, Biblioteca Pública Parque El Tunal, Bogotá

La búsqueda insaciable del poeta Eduardo Gómez


El próximo 3 de octubre, a las 6 p.m., en la Biblioteca Los Fudadores del Gimnasio Moderno, se presentará la novela, La búsqueda insaciable de Eduardo Gómez, ya distribuida en las librerías colombianas y publicada por la Colección Los Conjurados, de Común Presencia. Aquí un texto sobre la obra de este esencial poeta latinoamericano

Por Mario Lamo Jiménez

Presentar un libro, en algunos casos muy especiales, es como presentar la obra de una vida o una vida plasmada en una obra, y este parece ser el caso de “La búsqueda insaciable” de Eduardo Gómez.
Cuando leí la obra poética de Eduardo Gómez, me dije inmediatamente, “con esta técnica poética tan viva podría llegar también a escribir una gran novela”. No había pasado mucho tiempo, cuando Eduardo me anunció que su primera novela sería publicada. Una cosa es publicar el primer poema a los 18 años, pero otra cosa completamente distinta es publicar la primera novela a los 81, ya que hay todo un mundo de por medio, un mundo de experiencia y de conocimiento, que obviamente no se tenía décadas atrás y que se verá reflejado en la obra.
Y, la novela de Eduardo Gómez resultó ser todo y mucho más de lo que esperaba. Con “La búsqueda insaciable”, Eduardo nos deslumbra en sus 504 páginas con una prosa poética que nos recuerda a grandes novelistas como Thomas Mann o al mismo Proust, con su novela “En busca del tiempo perdido”. Tanto la novela de Proust como la de Eduardo Gómez son primeras novelas y en la misma categoría literaria de lo que en inglés se denomina como “coming-of-age novel”, o novela en que vemos el crecimiento y desarrollo del personaje de la niñez a la edad adulta. Usualmente el argumento de estas novelas es autobiográfico, y se narra la niñez o juventud del personaje, y cómo el personaje a través de observar y actuar en el mundo se entiende a sí mismo. Los demás personajes suelen ser sacados de la familia del protagonista o de amistades o conocidos del mismo, como es el caso de la novela de Eduardo Gómez.
La novela de “coming-of-age” o de “transición a la madurez”, pertenece a su vez a un subgénero literario, para el cual se usa la palabra del alemán, “Bildungsroman”, tal vez porque los alemanes cultivaron muy bien dicho género, en el cual se trata el desarrollo moral y psicológico del personaje, un tema central de “La búsqueda insaciable”.
Este es el marco del género literario de esta novela, aunque en este caso Eduardo Gómez va más allá del marco ya descrito, ya que en ella se entrelaza además la historia moderna del país, desde las épocas de “La Violencia” y la muerte de Gaitán, hasta la caída de Rojas Pinilla. En esta obra vemos no solamente la vida del personaje, sino también los conflictos sociales y psicológicos que confronta una persona a quien el mundo percibe como “diferente” por su intelecto y por su orientación sexual, y que en la búsqueda de su identidad llega a descubrir que ni su intelecto ni su orientación sexual son lo que lo define, sino el hallazgo de su yo interior, un yo político que integra lo intelectual, social y sexual.
“La búsqueda insaciable” es pues, la búsqueda del personaje al que abruman muchas preguntas y pocas respuestas. El marco es la historia colombiana de los años treinta a cincuenta, en el cual el personaje pasa de una seudoapacible vida provinciana en Boyacá, a la metrópoli bogotana y finalmente a la Alemania Socialista de los años cincuenta.
La novela es en verdad dos novelas. La primera parte es una novela que el personaje, Randolp, escribe narrándonos su vida y su desarrollo, en un entorno conservador y mojigato pero con muchos estímulos intelectuales, familiares y personales. El personaje se descubre a sí mismo en esta primera parte a través de una larga introspección y del análisis freudiano y sociológico de su existencia, y encuentra las contradicciones del mundo en que vive, donde los roles masculinos y femeninos viene programados desde el útero materno y donde nadie se desvía de lo que se espera de él en la vida. La novela implica dos novelas entrelazadas con sendos personajes protagónicos: Randolph, quien a través del personaje Rogelio de su “novela autobiográfica”, nos cuenta toda la historia de su niñez, de la toma de conciencia de su sexualidad y de su deseo de trascender más allá de los roles fijados y esperados. A través de Rogelio descubrimos a Randolph, el personaje principal de toda la novela. Sabemos, por ejemplo, que Rogelio tiene un intelecto privilegiado y que es sensible a cosas y situaciones que para los niños de su edad normalmente pasarían desapercibidas. También vemos cómo reconoce que su orientación sexual es diferente a la de los demás jóvenes en el círculo de su vida. Por ejemplo, sabemos de Randolph (a través de Rogelio) que de niño “se había familiarizado con el pecado, desde la tarde en que el hijo del zapatero, dos años mayor que él, lo llamó desde su escondite en los matorrales aledaños a la escuela y le dijo que le enseñaría algo…”. Rogelio despierta tempranamente, y sin esperarlo, al mundo de la sexualidad, pero su formación religiosa le hace ver su propia identidad sexual como algo pecaminoso. A la vez que se cuestiona su sexualidad pone en cuestión a la religión, experiencia que tiene lugar en la primera comunión, ya que “había callado en la confesión aquellos momentos de embriaguez compartidos con el zapaterito…”.
Entonces, sabemos que el personaje se ha escapado del ámbito religioso pero con la lucha interna causada por el remordimiento del pecado que la iglesia le ha hecho interiorizar.
La novela plantea importantes preguntas filosóficas y existenciales en las que navegamos todos los colombianos, entre ellas la búsqueda de nuestra propia identidad. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Para dónde vamos? A través de Randolph, en su búsqueda insaciable por encontrar su verdadera identidad, vivimos las contradicciones sociales y políticas de nuestro país. Asistimos a la violencia “Chulavita” impulsada por los conservadores, que arrasaría con familias y pueblos  enteros; somos testigos del ascenso al poder y a la caída del mismo, del general Rojas Pinilla, ya que Laureano Gómez no le era conveniente a las oligarquías criollas después de toda la violencia y las muertes ocasionadas por las venganzas partidistas y terratenientes. Esta identidad política que nos ha dividido por décadas e incluso siglos, también responde a nuestra identidad como pueblo, cosa que cuestiona Eduardo Gómez a lo largo de casi toda su novela, así como la llamada “libertad individual”. Por ejemplo, cuando dice: “todos los hombres serán criaturas sojuzgadas por el destino, en cuanto intenten la contradicción insoluble de actuar solos y contra los demás, en tanto sigan jugando muy serios con la ilusión de la libertad individualista nutrida por la ilusión de que ellos aisladamente ‘hacen su vida’, de que son ‘culpables’ si cometen errores y merecen por tanto ser castigados” (pág. 476); el novelista cuestiona los mismos principios de toda la filosofía individualista occidental, que pretende que el hombre puede elegir su destino, aislado de un contexto social, el cual en muchas ocasiones ni siquiera entiende.
“La búsqueda insaciable”, más que una novela, representa todo el cuestionamiento de los valores de un sistema: valores políticos, sociales, religiosos, económicos y sexuales, que nos han convertido en una sociedad hipócrita, liderada por políticos corruptos y con las mayores desigualdades e injusticias sociales en el mundo y en América Latina.
“La búsqueda insaciable” toma partido en su exploración, por los desposeídos de la Tierra a la vez que nos ofrece una impresionante radiografía de nuestras propias contradicciones, viviendo en un medio que representa la negación de nuestra propia humanidad, y que lo seguirá haciendo mientras no pongamos en cuestión nuestra existencia, como Randolph, el personaje de la novela, quien llega de esta manera a la conclusión definitiva de su vida y de la novela misma:

“Nuestras pequeñas muertes abonarán otras vidas
Nos fundiremos (no del todo) con la entraña colosal del Todo
Para volver a encontrarnos en la inocencia del comienzo
Por siempre pendulando en el Misterio de los misterios”


Un final extraordinariamente poético, para una novela cargada de lirismo y de reflexiones profundas sobre la esencia misma de la vida. Pero no podría ser de otra manera, siendo esta la novela de un gran poeta.